Ciencia y superstición


Sin embargo, hoy la superstición «existe». La ciencia trata de facilitar una interpretación y, en cierto modo, trata de «justificarla», pues la considera efecto espontáneo de una patología que la razón no sabe curar. Las modernas teorías científicas, desde la física cuántica a la relatividad, hasta la hipótesis del caos, han cuestionado ciertos dogmas del conocimiento adquirido y han abierto la puerta, aunque no directamente, a una cierta visión empírica de la realidad. De la problemática relación entre causa y efecto, planteada en la crisis de la ciencia y la religión, la superstición ha extraído sus propias «verdades», ha encontrado confirmaciones efectivas a una tradición milenaria.

La precisa reflexión de Emilio Segre, premio nobel de física, nos parece especialmente importante para enfocar mejor ciertas actitudes genéricas con respecto a la magia. De nosotros, de la ciencia, los hombres esperaban prodigios, nos pedían sin duda mucho más de lo que les podíamos dar. Trasladaban a la ciencia la esperanza irracional del milagro que en otro tiempo satisfacían las religiones tradicionales. Y como la ciencia no ha podido siempre resolver los problemas del hombre moderno, asistimos ahora a un cambio de actitud hacia ella. La gran espera ha sido sustituida por la desilusión suscitada por algunos descubrimientos. El hombre ha perdido, de este modo, dos importantes pilares, la fe y la confianza en la ciencia.

Ciencia y superstición Supersticiones

La pérdida de puntos de referencia como la fe y la ciencia justifica la orientación hacia formas de enfoques «diferentes», incluso irracionales, que no cuentan con el apoyo concreto de la realidad. La crisis de las hipótesis positivistas, el fracaso de ciertas premisas de la ciencia y el giro de la tecnología contra el ser humano (la contaminación, el desequilibrio demográfico, etc.), unidos a la pérdida de la fe, han acentuado en el ser humano ese sentimiento de angustia que lo convierte en un exiliado en su propio mundo, en su cultura.

El malestar provocado por la crisis proporciona el abono necesario para dar amplio eco a elecciones supersticiosas, a estudios esotéricos y pseudo-esotéricos, a la pérdida de vista de la racionalidad, al giro hacia expresiones culturales opuestas a la razón y la religión. Según algunos estudios, cerca del 41 % de los europeos no cree en la vida ultraterrena —esto en un continente mayoritariamente cristiano—; el 5 % se considera ateo y el 11 % se define agnóstico o creyente de otras confesiones religiosas.

Esta desconfianza en las expectativas del «otro mundo» parece, por el contrario, haber favorecido al espiritismo, que cuenta con un número creciente de partidarios. Pero, sobre todo, ha abierto de par en par las puertas a lo irracional, dejando patente nuestra fragilidad ante los misterios sin resolver de la vida y la existencia. El recurso a vías alternativas (de la superstición más banal a la búsqueda de verdades en los universos de las sectas y los grupos esotéricos) demuestra principalmente que el hombre sigue sintiéndose solo y asustado, incapaz de encontrar consuelo en la religión y seguridad en la ciencia. Naturalmente, no se trata de un asunto filosófico, sino de una constatación madurada a partir de datos objetivos, como lo confirman las estadísticas y los estudios. Y entonces, ¿nunca nos libraremos de la superstición? Probablemente no.

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Categoría: Supersticiones.






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