El análisis de Plutarco


Plutarco, nacido en Queronea, Boecia, en el 46 d. de C., estudió en Atenas, donde profundizó en la filosofía de Platón, del que era gran admirador. Estudió también matemáticas y siempre estuvo dividido entre la especulación moral y ética y la racionalidad de la geometría y el cálculo. Viajó mucho a Egipto, tierra de grandes supersticiones, donde la magia ocupaba un papel fundamental en la cultura y en todos los niveles sociales, averiguó muchos aspectos oscuros de las creencias y se formó una idea muy personal de la superstición.

En el ano 105, Plutarco se ordenó sacerdote del santuario de Apolo en Delfos. Fue una experiencia que marcó profundamente su formación espiritual e intelectual. Se dice que a lo largo de su vida (murió alrededor del año 125) escribió unas 260 obras, pero no todas nos han llegado. Plutarco escribió también un tratado, La superstición, en el que destaca su negatividad y la considera una vía para perder de vista la realidad y, por tanto, la efectiva dimensión de la religión. Para Plutarco, la superstición tenía su origen en la interpretación errónea de la divinidad y sus leyes. Todo eso determinaría actitudes que conducen a prácticas y experiencias opuestas a la ley divina y destinadas a arrastrar al ser humano al pecado.

El análisis de Plutarco Supersticiones

Veamos algunas puntualizaciones de Plutarco:

Ya se caracterizaban por un profundo sincretismo. De hecho, la influencia del cristianismo había dejado su rastro y, por supuesto, en cierto modo condicionó también las prácticas paganas difundidas localmente:

[…] que no haga ningún voto o [encienda] candela o no lleve ninguna ofrenda para solicitar [intercesiones] para la propia salvación en otro lugar que no sea la Iglesia del Señor su Dios […]. Las piedras que los hombres engañados [los paganos] veneran en rumas y bosques, donde se hacen y deshacen votos, deben ser sacadas de sus cimientos y trasladadas a un lugar donde sus veneradores no puedan encontrarlas.

Las prohibiciones del canon XX del Concilio de Nantes parece que se reflejan también en las palabras de Audoenus, obispo de Rouen (647684):

Que ningún cristiano en santuarios, fuentes, árboles o calles encienda hogueras o piense en romper votos; que ninguno piense en colgar del cuello de un hombre o de cualquier animal una cinta, aunque provenga de clérigos y se diga que se trata de objetos santos que llevan en sí la divinidad, pues en estas supersticiones no hay remedio de Cristo sino veneno del demonio.

Tal y como se desprende de estos breves pero indicativos testimonios, el cristianismo desde sus orígenes definió como supersticiosas las experiencias religiosas no cristianas, lo que en principio no tiene nada de nuevo, porque dicha actitud es característica de todas las religiones que sustituyen a las existentes. La originalidad está, no sólo en haber tildado de supersticiosos los ritos de las religiones pre-cristianas, sino en haberlos definido como expresiones de culto al diablo.

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Categoría: Supersticiones.






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