El monstruo como signo sobrenatural


Una de las indicaciones más antiguas al respecto proviene del médico Hipócrates (siglo IV a. de C.), que en el tratado de genitura aclaraba así los motivos de los nacimientos anómalos: Cuando nace un niño mutilado, creo que esto se debe por haber sido aplastada la madre en el sitio enfermo del embrión, de haber esta caído, o de haberle sucedido algún accidente violento. Allí donde el golpe haya alcanzado al feto, este estará mutilado; pero si el golpe es tal que hiere la piel, el feto se deteriora. Existe, además, otra forma de que los fetos queden mutilados y es cuando el útero es demasiado estrecho; entonces, aunque ciertamente el movimiento del infante es muy delicado, al producirse en un lugar en el que se encuentra estrecho, se mutila. Lo mismo con las raíces en la tierra: cuando no hay espacio suficiente o se encuentran con una piedra o cualquier otro obstáculo, se hacen tortuosas, y algunas gruesas y otras delgadas; ciertamente, así sucede al feto, si alguna parte de su cuerpo se encuentra más apretada que otra.

El monstruo como signo sobrenatural Supersticiones

Aristóteles (siglo III a. de C.), en el libro De generatione animalium, ofreció una primera interpretación racional del fenómeno de los nacimientos monstruosos liberándolo del peso de la mitología: Hablan de un muchacho con la cabeza de carnero o buey, y de otros casos con miembros de animales de diversas especies, como un ternero con rostro humano y una oveja con cabeza de buey. Mas es imposible que nazca un monstruo tal de doble naturaleza, pues es contrario al tiempo de gravidez, muy diferente del hombre al perro, de la oveja al buey, por lo que cada especie nace después de un determinado periodo de embarazo. Los animales se aparean según la naturaleza de su propio género; sin embargo, alguna vez sucede, si bien raramente, que cuando el tamaño del animal no es muy diverso e igual la duración del embarazo, se apareen animales de especies diferentes como lobos, perros y zorros.

Posteriormente, Lucrecio (9854 a. de C.), retomando la teoría epicúrea, imaginó una «edad del oro» en la que las especies se originaron y a la que siguió una selección natural, cuyo resultado fue la fijación de las formas naturales perfectas y la desaparición de las otras. Una teoría que con argumentos más científicos recuperaron los detractores de la tesis darwiniana.

La visión aristotélica fue retomada por Galeno (siglo i d. de C.), quien en el libro Definitiones medicae negó la posibilidad de que nacieran hombres-animales con el apareamiento de dos especies e identificó los orígenes de la monstruosidad en causas naturales: Los monstruos se crean por defecto o por exceso, por exuberancia o por escasez, dando origen a un gigante o a una cabeza pequeña como de gorrión o un exceso de las partes, como los que tienen seis dedos.

Se alcanzó una definición más nítida del problema seguidamente, cuando el concepto de monstrum se separó del deprodigium, ostentium y portentum, términos utilizados por Cicerón «porque advierten (monstrant), muestran y predicen (praedicunt), manifiestan (ostendunt) o anuncian (portendunt)». Partiendo de estas definiciones, en la Edad Media se tildaba, en general, de monstruosa a aquella criatura que había nacido contra el orden natural (cuerpo humano con cabeza de animal, etc.); prodigia se aplicaba a seres con anomalías muy precisas: ojos en el pecho, corazón a la derecha, etc.; ostentia eran hechos que violaban las reglas de la naturaleza y podían interpretarse como signos proféticos: recién nacidos que volvían al útero materno después del parto, pero también el paso de cometas; portento era la expresión de una «anomalía cuantitativa», es decir, bebés con dientes o barba, enanos, gigantes, etc.

Para San Agustín, traer al mundo un monstruo de nuestra especie debía entenderse como una señal, como un testimonio divino, casi una forma profética de indicar acontecimientos futuros:
La Majestad de Dios produce en algunos periodos de tiempo monstruos, ya determinados por su providencia, los cuales, además, predicen o significan algo futuro. Se conocen, por tanto, como monstruos porque muestran, ostentos porque casi señalan con el dedo, portentos porque predicen y prodigios porque anuncian lo que ha de venir.

El convencimiento de que los nacimientos monstruosos eran anuncio de fenómenos futuros condicionó fuertemente la cultura. El pensador cristiano había destacado, sin embargo, que las «monstruosidades naturales» nacidas de mujer no debían considerarse fenómenos provocados por causas sobrenaturales, dejando bien claro, además, que muchos «monstruos» descritos por los viajeros formaban parte a menudo del ámbito del mito:

Para concluir, con cautela diré que esas cosas que se han descrito de algunos nacimientos no son en absoluto ciertas o que, si lo son, esos nacimientos no son de mujeres; o, si son de mujeres, también ellas provienen de Adán. Pero siempre se ha tratado de encontrar un origen sobrenatural a la monstruosidad, en particular si se producía en el respeto de las normas. En la Edad Media cristiana, junto al castigo divino, la imaginación materna, la influencia de los astros y los apareamientos contra natura, que se consideraban la verdadera causa de los partos monstruosos, se añadió la acción del demonio.

Califica este Artículo
0 / 5 (0 votos)

Categoría: Supersticiones.






Deja un comentario