Historia y tradición del mal de ojo


La tradición popular ha temido desde siempre al mal de ojo, y se ha pensado que los ojos tienen el poder de proyectar el mal. Muchos indígenas de África no se dejan fotografiar porque temen que la cámara les proyecte algún mal, puesto que, intuitivamente, ven la cámara como un ojo; ante una cámara, se giran creyendo que se están protegiendo con la espalda.

En las tribus que se conserva una creencia muy viva en estas acciones, existe un código de protección determinado que suele reconfortar las vidas de los poblados. Las personas suelen protegerse con máscaras que representan los espíritus malignos de forma que estos se asusten ante una dosis de crueldad más fuerte que la suya. Para proteger los hogares, los indígenas suelen utilizar cuernos y astas como símbolo de defensa hacia los malos espíritus.

Historia y tradición del mal de ojo Hechizos

El mundo occidental también ofrece tradiciones de protección conocidas e importantes a pesar de que la mentalidad de este mundo sea más racional que la africana o la sudamericana cuya representación más típica es el llamado «espanto», que es una enfermedad nerviosa que, psicológicamente hablando, se trata de histeria pero que en hechicería se atribuye al mal de ojo. En España y en Estados Unidos hay una tradición muy extendida de colgar una herradura en la puerta del hogar como símbolo de protección hacia la maldad.

En cuanto a las personas, hay signos del comportamiento de algunos europeos que demuestran su creencia y su temor en el mal de ojo. En el centro y el norte de Europa, Hungría, Checoslovaquia y Rumania, el signo de los cuerpos hecho con los dedos tiene su origen en el temor hacia el mal de ojo; por lo visto, tal signo es muy efectivo para asustar a las malas energías. En México, se utiliza la semilla de ojo de ciervo para protegerse de los malos espíritus y las malas intenciones.

Una leyenda y una ópera nos servirán para demostrar el poder de tales creencias en el mundo occidental. La leyenda de san Narciso, que poseemos desde tiempos muy remotos, narra la historia del mismo santo quien fue castigado por contemplar su imagen reflejada en un estanque durante horas y horas. Los cuentos de Hoffman, título de uná ópera de Offenbach, tiene una secuencia de la misma en la que el protagonista, Hoffman comprende que ha sido vencido por un malvado cuando se mira en un espejo mientras se viste, pero no se ve reflado en él. En general este tipo de relatos no son sino un reflejo de las leyendas que se transmiten de generación en generación.

Tanto en un relato como en el otro vemos que el núcleo del argumento se centra en las imágenes y en la contemplación de las mismas. Por lo tanto, en los ojos. Más que ellos la mirada, constituye una enorme fuente cultural. Se habla muchas veces de la magia de los ojos en el amor; cualquier poema amoroso, sea de la época que sea, habla de los ojos y de la mirada y, de hecho, hay una palabra que define el poder positivo de los ojos que es la fascinación.

Muchos otros mecanismos de defensa acaban de forjar la tradición popular hacia el mal de ojo. Entre ellos, hallamos una acción tan típica en la actitud social que, seguro, no se le da más importancia que la de ser pura tradición. Por lo visto, que el novio coja en brazos a la novia para atravesar el umbral de su casa en la noche de bodas, tiene su origen en la creencia que, si alguien ha echado un mal de ojo, la novia al pisar el suelo podría ser víctima de las malas intenciones de ese alguien.

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