La concepción de Adorno


«Creo en la astrología, porque no creo en Dios», dijo un estudiante a T W. Adorno, quien, en 1956, escribió el esclarecedor libro The Stars Down to Earth, donde señalaba que la astrología, de hecho, trata de satisfacer los deseos de personas profundamente convencidas de que otros (entidades a menudo sin nombre y muy sincréticas) saben de ellos y de lo que han hecho cada día más de lo que son capaces de decidir por sí mismos. Adorno, padre de la Escuela de Francfort, después de analizar diariamente durante cerca de seis meses el contenido de la sección astrológica de Los Angeles Times, llegó a una conclusión muy clara:

Actualmente, hay una incompatibilidad evidente entre el progreso de las ciencias naturales, como la astrofísica, y la creencia en la astrología. Los que combinan las dos cosas están obligados a una regresión intelectual que en el pasado no era en absoluto necesaria […]. Pueden, por tanto, considerar que sólo las exigencias muy fuertes de la pulsión consiguen que la gente acepte todavía —o acepte nuevamente— la astrología.

La concepción de Adorno Supersticiones

Convencido de que los patrones de pensamiento del ocultismo estaban estrechamente relacionados con los fascismos europeos, ante la creciente afirmación de los horóscopos en los periódicos estadounidenses, Adorno consiguió difundir en las sociedades capitalistas sus tesis sobre la ecuación esoterismo-autoritarismo. Concluyó así que estos sistemas están destinados a modelar a las personas que buscan certezas para evadirse de sus miedos, hasta el punto de someterse a autoridades protectoras. Las estrellas serían una de estas hipotéticas autoridades. La dependencia se trasladaría después al plano del poder gracias a la mediación de aquellos que conocen los significados simbólicos de las estrellas: los astrólogos. La relación esoterismo-autoritarismo de Adorno parece adaptarse, por tanto, ad hoc a la tradición astrológica. Esta tradición sirve al hombre moderno, porque le proporciona oportunidades para apreciar, aparentemente, un mundo a través del cual vivir los propios miedos de forma independiente, desvinculándolos de las trayectorias existenciales de la historia.

En ese precipitado de todos los conocimientos psicológicos de la Antigüedad (así definía Jung la astrología), son muchos los que buscan una posible respuesta a las inseguridades de la vida; según algunas estadísticas, el 65 % de los europeos conoce su signo zodiacal, el 42 % lee su horóscopo en las páginas de los periódicos y el 35 % está convencido de que las estrellas ejercen algún tipo de influencia en el carácter o el destino de las personas.

Maimónides definía la astrología como «una ciencia insulsa y engañosa», recuperando e intensificando la tradición talmúdica, proclive desde siempre a ir en contra de la adivinación, a través de las estrellas: «Sal de tu horóscopo, no hay influjo astral para Israel» (Shabbat, 156a). A pesar de todo, hace un par de años, en Francia, alguien propuso abrir en la universidad de La Sorbona una cátedra de astrología. De este modo, en poco tiempo sería posible adornarse con el título de doctor en astrología, obtenido nada menos que en el sancta sanctorum de la cultura europea.

Naturalmente, se ha desestimado la propuesta, aunque no debería rechazarse del todo la posibilidad de profundizar, como utilidad cultural, en la historia de la astrología en un centro académico. Se trataría, con seguridad, de una importante iniciativa para dar a conocer las vivencias de la astrología, poniendo de manifiesto los aspectos culturales en lo diferentes periodos históricos. Los astrofísicos sonríen cuando se habla de horóscopos y niegan cualquier relación entre los astros y el carácter o la vida de un ser humano. Están convencidos de que la gente en realidad está buscando en los horóscopos una serie de indicadores simbólicos para descubrir, en algo fuera de su realidad, el origen de los acontecimientos terrenales, determinados y escritos anticipadamente… en las estrellas.

Ante los grandes misterios sin resolver de la vida y las angustias que atormentan nuestro camino, incapaces de resolver según qué cosas con la ayuda de la razón, el recurso a la adivinación se plantea como la «otra» vía, el modo de intervenir en la realidad natural tratando de orientarla hacia el propio interés. Parecería que la astrología, como la magia, es un recurso apreciable, sobre todo en aquellas realidades en las que es posible apreciar estrés y frustraciones en la vida de los protagonistas.

Algunos estudiosos, contrarios a las teorías que tienden a identificar el recurso de la superstición, magia y adivinación como un instrumento para alienar la tensión y las frustraciones, han señalado que en muchos casos las prácticas mágico-adivinatorias no sólo no han eliminado la tensión y el estrés, sino que han provocado nuevas angustias y miedos. En cualquier caso, el problema es muy complejo, porque la relación entre la actividad simbólico-ritual y la esfera emocional se encuentra inmersa en una serie estructurada de relaciones que se escapan a toda generalización.

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Categoría: Supersticiones.






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