La interpretación del psicoanálisis


Según el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud (18561921), la superstición constituye una de las numerosas expresiones de la denominada psicopatología de la que, en diversa medida, ninguno de nosotros estamos libres. Freud creyó identificar la necesidad de prácticas supersticiosas en el deseo, entendido como activador de la práctica simbólica, de trasladar una urgencia interior al plano práctico. Basándose en las necesidades de los deseos, quien se sirve de la magia cree en la omnipotencia de sus pensamientos, está seguro de que sus gestos mágicos serán capaces de intervenir en la naturaleza, cambiando su destino. Todos los neuróticos, y no sólo los obsesivos, suelen creer en la eficacia de su pensamiento inconsciente que se objetiva en las acciones emprendidas, a menudo bajo forma de expresión ritual. Mientras la oración es la «técnica» de la religión, la superstición sería la técnica del animismo.

La interpretación del psicoanálisis Supersticiones

Algunos psicoanalistas freudianos sostienen que expresiones como la superstición y la magia se deben a fantasías esquizofrénicas, lo que ha determinado la formación de una tradición histórica de la que en parte todavía hoy se aprecian los resultados.

Carl Gustav Jung (1875-1961), psicoanalista más atento a los aspectos simbólicos de la vida humana, en su libro Psicología y alquimia declaró que la interpretación anterior podría modificarse para llegar una definición distinta del fenómeno:

¿Las supersticiones son neurosis?

Vamos a observar con atención algunos aspectos típicos que caracterizan los rituales de las prácticas supersticiosas de los individuos. De hecho, en los ritos pueden incluirse manifestaciones que recuerdan a la neurosis obsesiva. En el ámbito de la psicopatología diaria, tenemos ejemplos pequeños pero significativos que llevan a actos inevitables, repetitivos, carentes de utilidad directa. Por ejemplo, evitar junturas en el pavimento o la clasificación de objetos siguiendo una serie prefijada de acciones que se consideran insoslayables, o también la repetición mental de nombres o frases, casi como un ritual definido.

Estos actos son necesarios para quien concede a estos procedimientos un papel importante que considera condicionante para su vida. No realizarlos puede provocar crisis de ansiedad.

Tras observar estas acciones, los psicoanalistas han señalado que estos rituales, en los que prevalece el componente neurótico-obsesivo, presentan algunas características específicas:

Freud puso de manifiesto que existía una relación entre los ceremoniales obsesivos y los objetos rituales de algunos comportamientos supersticiosos, de modo que la neurosis obsesiva es un equivalente patológico del ritual religioso, una religión privada, mientras que la religión puede considerarse una neurosis obsesiva y universal. Así pues, existiría una solidaridad antropológica entre la angustia y el rito. Los primeros testimonios científicos sobre la cuestión provienen de la etnología, que ha demostrado que en cada cultura se constituyen cargas ansiosas y angustiantes, a menudo determinadas por el conflicto entre la esperanza de conseguir el bien económico necesario para la supervivencia y el riesgo de fracaso de la empresa determinada para la obtención del bien.

Por tanto, el rito es algo que permite descargar el peso de la angustia, que lleva a una ruptura del núcleo angustiante a través de una serie de fases espaciotemporales. El rito, tanto si está conectado con la religiosidad como con la superstición, permite encontrar un modelo que garantiza un equilibrio perdido y consigue que, durante un limitado lapso de tiempo, la tensión neurótico-obsesiva se aligere con todos los efectos positivos que eso conlleva.

Las ideologías políticas y religiosas son métodos de salvación y de propiciación que pueden compararse con las concepciones primitivas de lo mágico y, cuando estas representaciones colectivas desaparecen, su lugar es ocupado inmediatamente por todo tipo de idiocias e idiosincrasias privadas, manías, fobias, demonismos, cuyo primitivismo no dejan nada que desear, para callar las epidemias psíquicas de nuestro tiempo que hacen palidecer a las persecuciones de brujas del siglo XVI. Pese a la notable divergencia entre la postura de Freud y de Jung, ambos parecen estar de acuerdo en que las creencias y las políticas supersticiosas están firmemente arraigadas en los recorridos mentales inconscientes del ser humano. G. Jahoda, en el libro Psicología de la superstición señala:

Los dos opinan que la superstición no pertenece al pasado ni es patrimonio de la incultura; es más, se considera parte integrante del aparato mental de cada persona, susceptible de salir a la superficie en determinadas circunstancias. Las pruebas en las que basaron sus formulaciones teóricas consistieron, por lo general, en experiencias de la vida privada de sus pacientes. Pero, en especial, insistiendo en el elemento emocional de la superstición, Freud y Jung nos ayudan a comprender por qué, cuando se enfrenta a una persona supersticiosa a informaciones que la contradicen, no se obtiene casi nunca un efecto práctico.

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Categoría: Supersticiones.






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