La mala suerte y el destino


Desde el punto de vista científico, el destino y, por consiguiente, la buena y mala suerte son hechos relacionados con el concepto de probabilidad. En realidad, todo tendría que ver con un conjunto casual de coincidencias que consiguen un determinado efecto. A menudo olvidamos que es el ser humano, con su racionalidad o irracionalidad y su emotividad, el elemento externo, el artífice del cambio del proceso de causa-efecto ideal.

Si el dicho latino quisque faber fortunae suae (cada cual es el autor de su destino) es correcto, ¿se podría creer que algunos individuos tienen la capacidad innata de intervenir negativamente en el maremágnum de la casualidad?

La superstición sería un remedio necesario, una especie de efecto placebo para llevar al plano de la realidad una angustia que atormenta nuestra mente. Pero, aún hay más. De hecho, según recientes estudios dirigidos por un grupo de psiquiatras ingleses, no hay amuleto, exorcismo, ni otro sistema para eliminar la mala suerte, puesto que se trata de un fenómeno genérico, sin ninguna relación con el ADN.

La mala suerte y el destino Supersticiones

Los psiquiatras anglosajones que estudian la mala suerte y las técnicas supersticiosas para combatirla afirman que en la práctica hay quien viene al mundo con un pan debajo del brazo y quien, en cambio, ya desde la incubadora es un perdedor.

En el ámbito científico, los investigadores señalan que ciertas características, aquellas que mantienen alejada la buena suerte, son hereditarias. Lo inevitable de la mala suerte hace gala de todo su potencial, por ejemplo, en la estrecha relación existente entre la depresión y el destino adverso. Accidentes, prejuicios y problemas de variada naturaleza parece que golpearían con mayor frecuencia a quien está deprimido. De hecho, estas personas llevan a menudo una vida caótica, lo que puede favorecer el estado depresivo. En ocasiones, la reacción de la persona deprimida ante algunos acontecimientos es tan negativa que llega a percibir los hechos con tonos peligrosos y desagradables. A este respecto, ¿se puede afirmar que la mala suerte es una creación de nuestra mente?

Creer en la mala suerte implica considerar la posibilidad de que algo externo a nosotros tiene un poder siniestro sobre nuestra vida. Al hacerlo, toma cuerpo la idea de que es posible no considerarse responsable de nuestras acciones, perdiendo así cualquier contacto con un equilibrado sentimiento de culpa. A todo esto se añade el peso del pesimismo, que a menudo parece un rasgo del supersticioso, con el que están relacionados efectos físicos, incluso graves, casi siempre ligados a la esfera psicosomática. Pero, mientras los científicos desdramatizan y tratan de proponer una lectura racional del fenómeno, hay quien está convencido de que es imposible escapar a la mala suerte; es más, ha aprendido a vivir con ella.

Quienes conviven con la mala suerte tienen su propio profeta: Murphy. Inventado por el escritor Arthur Bloch, es un personaje que ha creado una especie de «Biblia del desafortunado» leída por millones de personas, y cuya afirmación típica es la siguiente: «Si algo puede ir mal, irá mal». Los que creen en la mala suerte, parafraseando a Murphy, afirman a menudo: «Lo que falta es siempre lo más importante». Cuando miran un callejero, saben que la calle que buscan estará en el pliegue donde el papel está estropeado e ilegible. Están seguros de que, cuando lleven paraguas, no lloverá. Murphy dice que cuando se te cae una rebanada de pan, quedará en el suelo, sin duda, por el lado de la mantequilla. Y si, por una casualidad no fuera así, se deberá a que distraídamente la hemos untado por el lado equivocado.

Según algunas estadísticas, el 78 % de los europeos afirma que no hay métodos para combatir la mala suerte; el 19 % se sirve de amuletos, talismanes, ritos colectivos y personales, y sólo el 3 % ignora el problema. No son de la misma opinión los matemáticos y físicos. Habría factores externos muy precisos en la base de nuestros pequeños-grandes dramas diarios. Un complicado conjunto de ecuaciones regula nuestra vida, pero en ocasiones parece enloquecer porque un pequeño e insignificante hecho puede cambiar dramáticamente un sistema a largo plazo. Un aleteo de una mariposa en Nueva York provoca una tormenta en Pekín: es la teoría del caos elaborada por los matemáticos y considerada una de las grandes revoluciones científicas del siglo xx, similar a la física cuántica. Los matemáticos la llaman también teoría de las catástrofes. Nosotros la experimentamos cada día y la llamamos mala suerte pero, en sustancia, las cosas no cambian: son sucesos que no responden a las funciones matemáticas normales. El televisor que hasta ayer iba perfectamente, hoy, que juega nuestro equipo, no tiene ninguna intención de funcionar; mientras caminamos por la acera que recorremos todos los días, pisamos lo que un perro ha dejado; mientras trabajamos en el ordenador, el aparato se bloquea y se «come» algunas horas de trabajo…

Los ejemplos podrían ser numerosísimos. Todos podemos recordar una cantidad tan grande que harían esta lista interminable. Pero las matemáticas, con la teoría de las catástrofes o con el simple cálculo de probabilidades, trata de tranquilizarnos explicándonos que la mala suerte no puede ser un hecho accidental, sino la consecuencia lógica del mundo físico en el que vivimos. Sin embargo, estas certezas de la ciencia no aplacan la lucha diaria entre racionalidad e irracionalidad, mientras nos esforzamos por entender nuestro papel efectivo en el gran mecanismo de la existencia.

Califica este Artículo
4 / 5 (1 votos)

Categoría: Supersticiones.






Deja un comentario