La predicación contra las prácticas supersticiosas


Desde el principio del cristianismo, la Iglesia trató de frenar por todos los medios muchas de las manifestaciones de las supersticiones populares que, según los evangelizadores, constituían un ejemplo de peligroso paganismo, muy próximo a las prácticas diabólicas. Los sermones de San Máximo de Turín (siglo IVV) dirigió sus críticas a las supersticiones relativas al eclipse, muy difundidas entre el pueblo.

Entre las diferentes críticas de Máximo, la lanzada contra las irracionales manifestaciones populares que se celebraron con motivo de un eclipse demuestra ciertamente las dimensiones concretas que alcanzó dicho elemento de la superstición pagana en pleno siglo V. Es interesante señalar la actitud de frialdad que logró mantener el obispo, sin caer en la mera «demonización», sino atribuyendo gran parte de las causas de estas manifestaciones a un nada moderado consumo de vino. Sin embargo, Máximo no se limitó a la ironía y trató finalmente de identificar en el hecho un aspecto metafórico, con el fin de desarrollar una función pastoral muy precisa.

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Hacia la tarde se han escuchado gritos frenéticos del pueblo, capaces de hacer llegar su impiedad hasta el cielo. Cuando pregunté qué significaba toda esa algarabía, me dijisteis que vuestros gritos socorrían a la luna en el parto, ayudada en el eclipse por vuestros gritos. Por mi parte reí, y quedé sorprendido de vuestra ligereza por el hecho de que, como cristianos devotos que sois, prestarais ayuda a Dios. En realidad gritabais para que ese elemento no se destruyera por culpa de vuestro silencio. Así pues, prestabais ayuda a Dios, como si Él no fuera capaz sin vuestros gritos de preservar a los astros que ha creado. Hacéis bien en prestar socorro a la divinidad para que con vuestra ayuda pueda gobernar el cielo. Pero si queréis hacerlo con más comodidad, deberíais estar todas las noches en vela. ¿Acaso no os dais cuenta también de cuántas veces la luna, mientras dormís, ha sufrido sin precipitarse desde el cielo? ¿Y no es también cierto que se oscurece siempre hacia la noche y nunca está de parto por la mañana? Pero, a vuestro parecer, tiene la costumbre de apenarse sólo por la noche, cuando vuestra panza está pesada por la cena abundante y la cabeza descompuesta por copas cada vez más llenas.

Es precisamente entonces, cuando para vosotros la Luna está trabajando, cuando también el vino actúa. Así que os digo que para vosotros el globo de la Luna está ofuscado por los encantamientos, cuando por los cálices se ofuscan también vuestros ojos. Borrachos, ¿cómo podéis ver lo que sucede con la Luna si no veis lo que sucede en la Tierra? […]. Esto afirma Salomón: el insensato cambia como la Luna […]. Tu cambio es, por tanto, más grave que el de la Luna, pues ella sufre la pérdida de la luz, y tú la pérdida de la salvación […]. No quiero, entonces, que tú, oh hermano, seas como la Luna al menguar; quiero más bien que seas como ella cuando está llena y entera. Está escrito a propósito del justo: como la Luna, resiste en eterno testimonio fiel en el cielo.

En el Sermón 31, Máximo vuelve a hablar del eclipse y, después de una premisa que enlaza con todo lo tratado en el sermón anterior, el obispo compara la Iglesia con la Luna utilizando el lenguaje metafórico que le caracteriza:

Hace unos días, oh hermanos, hemos seguido contradiciendo a cuantos consideran que la Luna puede retirarse del cielo con encantamientos de magos […]. Les hemos exhortado para que, dejando aparte el error pagano, vuelvan tan pronto a la sabiduría como pronto llega la Luna a su plenitud […]. Si tan oportunamente Cristo se compara con el Sol, ¿no deberíamos comparar la Iglesia con la Luna? De hecho, al igual que la Luna, para brillar entre la gente coge la luz del sol de justicia, está atravesada por los rayos de Cristo, es decir, por las predicaciones de los apóstoles, toma el esplendor de la inmortalidad de ese sol.

En la reflexión final que concluye este Sermón, la exhortación a abandonar las adulaciones de la magia sigue dominando el empeño pastoral de Máximo. La referencia a los magos que se opusieron a Moisés (2 Timoteo 3,8) y a Pablo (Hechos de los Apóstoles 13, 611) ofrece al obispo, una vez más, la oportunidad de comparar cada práctica mágico-simbólica con el paganismo y, por consiguiente, de criticar sus manifestaciones:

En realidad, ya los magos Jamnes y Mambres, al resistirse a las señales y prodigios de Moisés, deseaban destruir la Iglesia, pero ni siquiera el encantamiento de los brujos pudo dañar las palabras divinas. Los encantadores nada pueden cuando se canta el himno de Cristo. Por eso, cuando Simón el Mago se opuso a Pablo ante el procónsul Sergio Paolo, atacaba seguramente a la barca de la Iglesia e intentaba hacerla trizas con artificios maléficos, pero fue rebatido con tal fuerza que no volvió a ver, además de por la enfermedad inherente a la magia, por haber perdido los ojos. De ese modo, perdió al mismo tiempo el encantamiento y la vista. No merecía ciertamente tener ojos en el cuerpo, quien no merecía tener los ojos del corazón.

El eclipse de Luna que provocó la actitud irracional de la población no debe verse, sin embargo, como un caso aislado; surge de toda una serie de creencias existentes principalmente en la cultura popular.

De hecho, la fenomenología lunar, considerada por el pueblo como el resultado de una acción mágica, fue también analizada con claves de lectura «científica» que revelan, además, la presencia de una definida irracionalidad de fondo. Una vez más, el obispo nos ofrece un ejemplo:

En efecto, si la Luna no hubiera recibido del Creador una finalidad, no habría en todas las cosas el cambio que conocemos. En realidad, cuando la Luna mengua, el mar se aparta y, cuando crece, aumenta […1. Hasta los peces, se afirma, son más carnosos, cuando la Luna está llena, mientras que están huecos y tienen menos peso cuando decrece.

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Categoría: Supersticiones.






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