Los testimonios de los documentos antiguos


En general, el mal de ojo parece relacionado con un poder mágico atribuido a la mirada envidiosa de otros. Es más, la palabra envidia (del latín in = contra y video = mirar) significa precisamente «mirar-contra», práctica que ya en la Antigüedad se consideraba un acto muy negativo que se contraponía a los preceptos morales de la religión. El testimonio más antiguo procede de un fragmento de terracota caldea en el que se hace referencia explícita a una práctica que señalamos como mal de ojo.

Otros documentos también antiguos provienen de la cultura asirio-babilónica (siglo VII a. de C.) y de textos egipcios. En un papiro mágico de la dinastía XX (1200-1090 a. de C.) se indican claramente, entre otras cosas, las fórmulas que permitían al poseedor «protegerse del mal de ojo, contener el mal de ojo».

Los testimonios de los documentos antiguos Supersticiones

La Biblia

En la cultura hebraica, que sin duda se vio afectada de forma determinante por las creencias en el mal de ojo procedentes del mundo mesopotámico, se hablaba mucho de este fenómeno (llamado ajin hora) y la literatura religiosa abominaba de él, pues lo consideraba un pecado gravísimo.

Veamos algunos ejemplos indicativos: «no serás celoso, no sentirás envidia por la casa de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo» (Éxodo 20, 17). «El hombre envidioso es perverso» (Eclesiástico 14, 8); «la fascinación del mal ensombrece el bien» (Sabiduría 4, 12); «el hombre envidioso nunca está satisfecho de lo que posee» (Eclesiástico 14, 9); «el hombre más delicado y tierno de entre los tuyos mirará con malos ojos a su hermano» (Deuteronomio 28, 54).

El Corán

Tampoco faltan referencias en el Corán a los poderes malignos de algunos hombres (por ejemplo en la sura 114), y así en la sura 113 hay una mención fácilmente vinculable al mal de ojo:
iOh enviado! Habla así a los creyentes:

Yo busco la protección de Dios, Señor del Alba,
Contra el Mal que existe en el Universo,
Contra el Mal similar a la oscuridad que todo lo envuelve,
Contra el Mal que las brujas envían a los hombres,
Y contra el Mal que el envidioso desea a sus semejantes.

Muchas de las suras del Corán se consideraban protectoras contra el mal de ojo, pero el mayor poder en este sentido se atribuía a la «Mano de Fátima». Este símbolo conserva el misterio de la existencia y los secretos de la vida. En su palma está escrito qué ha sido y qué será, y contiene también la energía que activa la acción mágica. Una energía misteriosa capaz de curar y devolver la vida.

Otras fuentes

Más sibilino es el testimonio del Talmud judío: «Donde los sabios dirigen la mirada, allí hay muerte y desgracia». También entre los romanos era una creencia especialmente extendida. Virgilio, en las Bucólicas, recuerda hasta qué punto era común entre los pastores el miedo a que el mal de ojo de los envidiosos pudiera enfermar a los rebaños. Sin embargo, el área cultural donde se manifestó este fenómeno (y sigue manifestándose, aunque en menor medida) es muy vasta e incluye lugares y tiempos muy amplios.

En realidad, el mal de ojo parecería estar relacionado con un poder mágico presente en las personas envidiosas que, a través de la mirada, ejercen un poder dañino, a diferentes niveles, hacia quien es objeto de su envidia.

Los latinos utilizaban palabras como oculi maligni, invidi, obliqui, urentes. El término enseguida entró a formar parte de las lenguas italiana, francesa, española, portuguesa, alemana e inglesa.
Durante la despiadada persecución de las brujas, también el mal de ojo se incluyó entre los fenómenos a los que se daba una explicación demoníaca.

Siempre se ha considerado el mal de ojo y el aojo como una manifestación restringida al ámbito popular, a menudo a las clases menos pudientes. Esto es cierto sólo en parte, porque se trata de experiencias aplicables a más niveles socioeconómicos, que no afectan sólo a algunas categorías sociales. Se debe observar también objetivamente que en el ámbito popular las supersticiones son más evidentes y a menudo objeto de ostentación, a través de un entramado ritual destinado a oficializarlas.

Mientras la creencia en el mal de ojo entre las clases más bajas es síntoma de falta de emancipación social, cultural y económica, entre las clases más altas de la sociedad es, en cambio, señal de crisis del sistema capitalista y de la racionalidad, que deberían constituir su estructura sustentante.

En cualquier caso, parece que el mal de ojo y el aojo son fenómenos difíciles de analizar por separado, pues están caracterizados por múltiples elementos, a menudo ligados a experiencias singulares, memorias y tradiciones imposibles de reconducir a un único modelo compartido universalmente.

Los elementos comunes se pueden encontrar quizás en el plano psicológico. Según Freud, el miedo al mal de ojo puede atribuirse a la primitiva concepción mística del universo (todo ser animado o inanimado está provisto de un espíritu propio) y a una valoración desproporcionada de los procesos psíquicos de origen narcisista, que provocarían una irrefrenable fe en la omnipotencia de los pensamientos.

Las ciencias sociales miran con menos animadversión el fenómeno del mal de ojo y el aojo. Los consideran expresiones culturales activadas como defensa y confortación en condiciones de malestar. Por consiguiente, cuando el enfoque de la realidad basado en la razón y racionalidad no permite ser consciente de algunos hechos, entran en juego otros medios de enfoque que proyectan los hechos reales al ámbito de lo sobrenatural, calificado como lugar del que pueden depender enfermedades, desgracias y malestares. Todo ello gracias a la mediación de quien, «mirándonos con malos ojos», causaría nuestro malestar con su poder nefasto.

Si se ve de forma objetiva, la creencia en el aojo implica consecuencias negativas, pues produce un debilitamiento del autocontrol y capacidades críticas. Para el psicoanálisis, las supersticiones acerca del mal de ojo y el aojo se basan principalmente en un profundo malestar práctico que no puede comprenderse únicamente a través de la interpretación facilitada por la sociología y antropología. Todavía hoy, la diferencia entre las dos escuelas de pensamiento (la psicoanalítica y la sociológica), si bien menor que a principios del siglo pasado, no ha desaparecido por completo.

Y mientras los científicos del pasado empezaban a interrogarse sobre la cuestión, el mal de ojo y el aojo pasaban a ser uno de los emblemas típicos de Italia, en especial de la cultura partenopea. Uno de los testimonios más singulares lo constituye la obra Cicalata sul fascino volgarmente detto iettatura, que Nicoló Valletta publicó en 1787.

Hombre de leyes y autor de numerosas publicaciones de carácter jurídico, Valletta ocupaba la cátedra de Derecho real, posteriormente la de Código justiniano y por último la de Derecho romano. Su obra tenía sobre todo la intención de ser un instrumento para combatir un prejuicio: Principalmente como historiador, demostraré que siempre en el mundo hasta los más sabios han creído en el aojo, y presentaré no pocos ejemplos de ello. En segundo lugar, como filósofo, analizaré las causas. El tercer punto será la práctica y mostrará los signos para conocerlo y el modo de evitarlo.

Valletta, cuyo libro es todavía hoy uno de los documentos más importantes sobre el tema, aclara que hay una diferencia entre el mal de ojo y el aojo: el primero sería un maleficio voluntario, mientras que el segundo se consideraría un hecho involuntario. Con espíritu racionalista, y no falto de ironía, Nicoló Valletta precisaba:

La naturaleza nos ha dado sentidos externos para que sepamos lo que pasa fuera de nosotros. Por eso, los efluvios de los otros actúan sobre nosotros más o menos según estén cerca o lejos. De esos mismos efluvios nace nuestra agitación y nuestra turbación que los antipáticos nos provocan […]. ¿No será este un aojo solemne, especialmente para quien es de débil estructura corporal? Se me acerca uno o una. Puedo sentir el cambio en mi máquina, un dolor, una debilidad, un mal en sustancia, sin saber que la causa está cerca y que la persona ya me lo ha echado.

Pueden nacer en el cuerpo humano venenosos humores que la naturaleza expulsa a las partes externas del cuerpo, así que no sorprende que aquellos que de humores similares abunden procuren daño con el tacto, dañen también con el aliento y, especialmente, con el ojo, que puede servirse de espíritus mayores que los otros órganos de los sentidos. Al final del libro, el autor se dirigía a los lectores con preguntas directas, sin duda destinadas a suscitar cierto interés, al menos en el aspecto económico:

Me reservo hacer un añadido al negocio, es decir, exponer en otro papel la explicación de muchas cosas pertenecientes a esta cuestión, que, para no entrar en licencias y no servir a las angustias del tiempo, no he podido declarar aquí. Principalmente, los siguientes puntos sobre los cuales, además de las reflexiones hechas por mí, pido luz y noticias a quien pueda, proponiendo el premio de 10 o 20 escudos, siempre que no estime la noticia poco interesante.

Si aoja más el hombre o la mujer; si más quien lleva peluca; si más quien lleva lentes; si más la mujer grávida; si más los monjes de qué orden; si la puede echar quien se acerque a nosotros después del mal que hemos sufrido; hasta qué distancia el aojo se extiende; si puede venir de cosas inanimadas; si actúa de lado, de frente o por detrás; qué gesto, qué voz, qué ojo y qué rasgos del rostro son de aojadores y pueden delatarlos; qué oraciones se deben recitar para preservarnos del aojo de los amigos; qué palabras, en general, deben decirse para evitar el aojo; qué poder tiene el cuerno para ello y otras cosas.

Valletta, que influyó en otros autores, como G. L. Marugi: Capricci sulla iettatura, 1788; A. Schioppa, Antídoto al fascino detto volgarmente iettatura, 1830, despertó la curiosidad incluso de Stendhal quien, en su obra Roma, Nápoles y Florencia (1817), narró la visita a este singular personaje, pero sin indicar su nombre. Entre otras cosas el escritor anotó:

He encontrado en su cuarto un cuerno descomunal que puede tener diez pies de altura. Despunta del suelo como un clavo. Supongo que está hecho con tres o cuatro cuernos de buey. Es un pararrayos contra el aojo (la mala suerte que un maligno puede echar sobre vosotros con una mirada).

Las puntualizaciones sobre el tema del mal de ojo y el aojo, de Valletta en adelante, no han logrado, sin embargo, suprimir esta antigua forma de superstición, caracterizada por muchos aspectos y matices y, a pesar de todo, todavía muy extendida. El miedo al mal de ojo sigue vivo y crece, aunque no tan ostensiblemente como en el pasado. Los procesos de protección actuales son múltiples pero, a diferencia de ayer, actualmente se cierne un manto de silencio en torno al tema, una especie de pudor, tal vez provocado por la seguridad de que de ciertas cosas es mejor no hablar. Da mala suerte…

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Categoría: Supersticiones.






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