Magia y hombre: El problema moral del acto mágico


Cuando el oficiante se dispone a realizar un acto mágico, valiéndose de la potencialidad mágica, aparece inevitablemente el problema ético. En este sentido, es fundamental preguntarse, en primer lugar, si la actividad que nos proponemos realizar tiene o no un carácter lícito; es decir, queremos afirmar que cada cual es dueño de su propia existencia, dentro de los límites concedidos por el destino, y debemos, por lo tanto, preguntarnos si es justo y correcto entrometerse en ella, aunque sea con una finalidad positiva.

Una vez más la moderación y el equilibrio, como ocurre siempre en los acontecimientos humanos, sugieren una respuesta realmente válida. Cuando estos problemas se refieren a la magia amorosa, es más factible comprender mejor lo que queremos decir tomando algunos ejemplos. Si de hecho puede ser tolerable en determinadas situaciones el empleo de estos procedimientos para vencer un desdén ocasionado únicamente por la timidez, o bien para conceder más decisión a un cortejador poco decidido no se puede afirmar lo mismo de una acción mágica destinada a cambiar totalmente la personalidad de un individuo, forzándolo y desviándolo a sentir un sentimiento que no siente, o peor aún, separándolo de una situación feliz que estaba viviendo, con la intención egoísta de poseerlo.

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En consecuencia, se podrían considerar lícitas estas prácticas en el caso de que haya una cierta propensión —aunque no se encuentre manifiesta—, en las relaciones de quien opera, un «ayudad que el cielo ayuda», de sana y proverbial memoria. De todas formas, aunque se respeten estas condiciones, es necesario también reflexionar mínimamente sobre los propios deseos. Con frecuencia, no obstante, el ser humano, dedicado a satisfacer de una forma inmediata los propios instintos, pierde de vista el fin último de su camino y olvida hacer el bien, incluso en aquellas situaciones desagradables que a una mirada superficial pueden parecer solamente negativas. Sería, pues, necesario considerar el desarrollo de la existencia de una forma amplia y aguda como la visión de un halcón, en lugar de hacerlo con la visión miope y estrecha de la tortuga, incapaz de imaginar lo que puede ocurrir más allá de una piedra.

Pero, al mismo tiempo, vemos que con frecuencia un acontecimiento considerado prematuramente doloroso, puede después de un cierto tiempo revelarse como una fuerte experiencia educativa y abrirse hacia nuevas y más felices posibilidades. Es por ello que no debemos precipitarnos a recurrir a la magia cuando aparezca la primera dificultad; debemos permitir siempre que las circunstancias se expliquen por sí mismas.

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