Supersticiones sobre el matrimonio


El matrimonio constituye uno de los «ritos de paso» más importantes en la vida de mujeres y hombres y, aunque hoy se considera indudablemente con menor rigor que en el pasado (y, sobre todo, para algunas personas parece no representar una meta que alcanzar a cualquier precio), sigue siendo un momento importante en el que seguir respetando la tradición y las reglas rituales.

En general, incluso los más racionales, en los días previos, parecen ceder a las presiones de los miedos ancestrales y comienzan a observar con cierta inquietud las reglas que no deben infringirse: tabúes, presagios, posibles señales de mal augurio son a menudo parte integrante de este antiguo rito que convierte a las personas inmediatamente en adultas y responsables. Empecemos por la elección de la fecha. Hay reglas precisas sobre los periodos considerados peligrosos para celebrar matrimonios: «En viernes o martes, ni te cases ni te embarques». Mayo es el mes maldito. No hay que casarse en mayo porque, como ya recordaba Plutarco —lo que confirma lo antiguo de la superstición— era el periodo dedicado a los muertos, Lemuria, el mes en que las almas, los lémures, volvían a la tierra.

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Actualmente, noviembre se ha añadido a esta creencia. Un viejo proverbio francés recuerda: «Si te casas cuando las abejas revolotean sobre las flores de mayo, se sentarán a tu mesa extraños», mientras que «Si te casas en el mes de junio, tu vida será una larga luna de miel».

En muchos países, junio es el mes más adecuado para celebrar los matrimonios. Quizá su popularidad se deba a que su nombre deriva de Juno, mujer de Júpiter, que era considerada la protectora de las mujeres y el matrimonio. En cambio Maya, mujer de Vulcano, de la que toma el nombre el mes de mayo, era la protectora de los ancianos. Casarse el día del cumpleaños de uno de los dos cónyuges también conlleva riesgos: sería el anuncio de una próxima muerte. También se debe evitar la Cuaresma, pues quien se casa en esos días «se arrepentirá toda la vida».
Es fundamental no casarse después del ocaso, porque provocaría gran infelicidad a los esposos y, sobre todo, sería señal de muerte precoz de los hijos.

También hay numerosas indicaciones sobre el traje de la novia, que deberá llevar «algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul». Una antigua tradición añade «algo de oro y algo robado». Como se sabe, el blanco, color de la pureza, es el más indicado para las novias. No respetar esta regla puede ser peligroso, aunque en general la superstición popular más extendida parece ignorar este aspecto, pero advierte de no usar bajo ningún concepto el vestido usado por otra. Una gran posibilidad de ahorro se cuestiona así por una antigua creencia.

Si el traje se mancha de sangre, la vida conyugal de la novia estará marcada por grandes tragedias, en primer lugar, la pérdida prematura del marido. Pese a todo, una antigua creencia aconseja a la esposa llevar puesta una prenda interior roja, señal de buen augurio, relacionada con una tradición análoga que hayamos entre los modernos ritos de final de año, de la que derivaría.

Es importante el papel desarrollado por el ramo de flores que la novia lleva al altar y luego tradicionalmente lanza a las amigas después de la ceremonia. La que consiga cogerlo se casará en el plazo de un ario. A la salida de la iglesia es aconsejable tirar arroz sobre los recién casados. Se trata de un rito simbólico con función apotropaica, y es un modo de desear prosperidad y fertilidad al matrimonio.

Durante el recorrido del cortejo nupcial es de mal agüero encontrarse con un médico, un abogado, un policía, un sacerdote o un ciego, mientras que traen suerte un gato, un cerdo y un deshollinador. Actualmente, los dos últimos son bastante difíciles de encontrar y, por tanto, se debe concluir que las posibilidades de que los novios se crucen con símbolos de buen agüero se han reducido notablemente. Todo el mundo conoce el dicho: «Novia mojada, novia afortunada». ¡Por suerte, no existen supersticiones que consideren a una «novia seca» desafortunada! La creencia de que la lluvia trae buena suerte puede buscarse prosaicamente en la sencillez popular que se esforzaba por dar un significado a un acontecimiento perjudicial.

El anillo

Se debe dedicar mucha atención al rito del anillo de bodas. Según la facilidad con que se introduce la alianza en el dedo anular de la novia se podrán obtener auspicios sobre el futuro equilibrio familiar. Si el anillo pasa sin trabas la segunda falange, en casa mandará el marido, si, en cambio, se atasca en la primera falange, mandará la mujer. La elección del dedo tiene un origen antiguo, de hecho en el pasado se creía que una vena conectaba directamente el dedo anular con el corazón, por eso se le consideraba el anillo del amor. Si durante la ceremonia el anillo se cae, constituye una señal nefasta. Para evitar los efectos negativos es necesario que lo recoja un testigo o el sacerdote, pero nunca los novios. También tendrán mala suerte aquellos novios que pierdan uno o ambos anillos.

Una superstición común a muchos países recuerda que debe ser el novio el que cierre la puerta de la casa el día de la boda. De lo contrario, los dos discutirán ya durante el primer mes de matrimonio. Otra superstición recuerda que aquel de los dos esposos que se duerma primero será también el primero en morir. Sin embargo, para combatir el mal de ojo, en muchos países era normal poner brusco bajo la almohada del lecho nupcial.

El novio debe llevar en brazos a la novia

Cuando los novios llegan a la nueva casa, el hombre debe levantar a la novia y llevarla en brazos al interior. Esta tradición podría tener su origen en la práctica antigua de «robar» a las muchachas. Hoy se cree que la mujer no debe tocar el suelo la primera vez que atraviesa el umbral de la casa después de la boda porque, de lo contrario, dejará pronto al marido. Parece que esta tradición proviene de la Roma antigua, cuando se recurría al método de levantar a la mujer para evitar que, nerviosa por la emoción, se cayera en el umbral de la casa, lo que constituía un presagio nefasto, pues significaba que las divinidades de la casa no querían acoger a la esposa.

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Categoría: Supersticiones.






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