Una protección mágica


La certeza de ser frágiles y víctimas fáciles de los ataques del mal, en sus múltiples aspectos, ha conducido al ser humano a elaborar un sistema protector para defenderse. Las informaciones procedentes de la arqueología permiten deducir que ya el hombre del Paleolítico atribuía a ciertos materiales y objetos significados simbólicos relacionados con ese comportamiento que hoy definimos como superstición. En la Antigüedad, y en muchas culturas actuales definidas equivocadamente como «primitivas», lo que hoy llamamos superstición fue —y es todavía— parte de la tradición. Religión y magia solían ir de la mano.

Una protección mágica Supersticiones

Todavía hoy, para seguir con nuestra batalla contra toda forma del mal recurrimos a objetos y sencillos gestos, cargados, sin embargo, de la «energía» que su simbolismo nos hace creer que existe. En general, en lo referente a objetos considerados protectores, su valor viene determinado sobre todo por el:

  1. Valor simbólico.
  2. Forma.
  3. Material.
  4. Origen.
  5. Autoridad de quien 10 ha realizado.

Por supuesto, no hace falta que los cinco puntos estén presentes a la vez, aunque tres de ellos casi siempre están implicados: el primero, el segundo y el cuarto. En el caso de los gestos entran en juego sólo el primero y el segundo punto, puesto que se trata de manifestaciones que, a través del simbolismo, tratan de evocar la forma de un objeto considerado protector en sentido apotropaico (por ejemplo, tocar madera).

Pero el gesto puede también cumplir con una función mágica (por ejemplo, tocar madera o una joroba), según un método que fue ampliamente estudiado por un iniciador de la antropología religiosa, James G. Frazer. En 1922, este estudioso describió detalladamente en el libro La rama dorada las múltiples caras del universo mágico. A través de una visión empírica de la naturaleza, Frazer planteaba en la magia dos asuntos fundamentales:

El primer principio se basa en la constatación de que al imitar una determinada acción se consigue, efectivamente, lo simulado. El segundo, en cambio, parte del presupuesto de que actuando sobre una imagen o un objeto perteneciente al protagonista de la acción mágica, se obtiene el mismo efecto sobre la víctima del rito.

La aplicación más familiar del principio de que el símil produce el símil es, quizás, el intento que muchos pueblos han hecho en muchas épocas por perjudicar o destruir al enemigo perjudicando o destruyendo una imagen suya, con el convencimiento de que el hombre debe sufrir como sufre la imagen y de que, cuando esté destruida, él morirá. Tras un examen más atento, las formas mágicas basadas en este principio pueden clasificarse en magia agresiva y magia defensiva. En ambos casos las formas simbólicas tienen la función de cambiar un estado: la primera altera un equilibrio, la segunda trata de recobrarlo.

Las teorías de Frazer, pese a estar superadas por estudios recientes, pueden en cualquier caso ofrecer aún datos interesantes para nuestro estudio. Según el estudioso inglés, la magia se divide en dos grandes tipos:

Ambas formas de magia pueden incluirse en el vasto y estructurado complejo constituido por la terapia mágica. En la magia homeopática debe tomarse un producto que actúa directamente sobre la enfermedad que hay que curar (hoy en día, esta forma de curación está extendida incluso fuera de la llamada medicina popular). La homeopatía se basa en el concepto de que las formas morbosas deben curarse con la administración de dosis ínfimas de aquellos fármacos que, suministrados a personas sanas, provocarían los síntomas de la enfermedad.

La magia contagiosa, en cambio, parte de la idea de que, al actuar sobre algunos elementos pertenecientes a un cuerpo, se puede intervenir —positiva o negativamente— sobre dicho cuerpo. Para Frazer, por tanto, desde una óptica teórica, la magia sería la expresión de un pensamiento humano primitivo y trataría de facilitar, con sus propios medios, una explicación «científica» de los fenómenos naturales. A partir de estos pequeños elementos ya se advierte cómo determinados comportamientos considerados protectores se basan sobre todo en la práctica mágica, utilizada de forma arcaica y según un modo radicado en la mente del ser humano desde la noche de los tiempos.

Siguiendo el mecanismo típico de la magia, el hombre elabora sus propios sistemas supersticiosos y se convence de que, a través de su significado simbólico, lo imposible se hace posible, la fantasía se transforma en realidad.

A esta actitud mental hay que añadir, sin embargo, las conquistas reales del saber humano. De hecho, si bien el núcleo de las creencias no ha cambiado mucho, los métodos han evolucionado necesariamente, debido también al progreso cultural y científico. Actualmente, es muy difícil encontrar una herradura en una ciudad o mientras esperamos que el semáforo se ponga verde. Y aún más, difícilmente los mecanismos de inhibición nos permiten tocar la espalda de un jorobado en la cola de la caja de un comercio. De modo que entra en juego la tecnología. Falsas herraduras, cuernos y jorobas de plástico, llaveros con treces dorados e infinidad de objetos fabricados en serie, a menudo un poco horteras, constituyen el aparato protector de muchos de nosotros. Cuando nos cruzamos con un gato negro en la calle, incluso sin mucho convencimiento, tocamos el cuernecillo oculto en el bolsillo. Son señales de nuestra vulnerabilidad que están llenas de un simbolismo tan antiguo como el ser humano y conservan importantes restos de historia y cultura.

Tipos de magia

Generalmente se tiende a identificar tres tipos de magia:

  1. Magia negra (prácticas dirigidas a producir maleficios).
  2. Magia blanca (práctica para combatir la magia negra o para restablecer un equilibrio inicial, por ejemplo, la salud).
  3. Magia «económica» (práctica destinada a garantizar el dominio sobre la naturaleza, no necesariamente orientada hacia el maleficio).

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Categoría: Supersticiones.






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